Obsesión (III)

Aquella tarde sus amigos, cansados de él y de sus aires altivos, le dieron de lado, siendo esta decisión perentoria y unánime.  A causa de dicha cuita y su consecuente enfado, le expulsaron de clase y le destituyeron del puesto de delegado al tratar de disuadir bélica y violentamente a un profesor sobre la película que se iba a poner en clase.

Su mundo se despedazaba, ya solo quedaban retazos de un pasado utópico, retales de un presente chocante y rescoldos de un futuro incierto y solemne. Fue una persona despreciable y vil, y el mundo se lo devolvió.

Salió de clase resignado, invitando a la rabia a unirse a su soliloquio y repitiendo cual mantra: “no tienen ni idea, tu sabes lo que les conviene”.

Al ser expulsado, llegó a casa antes de lo normal. Su madre estaba tendida en el salón viendo la televisión, cambiando de canal con ese mando clandestino y tímido. Abrió la puerta con primitiva y descontrolada fuerza y la vio.  Junto a la rabia de escudera, empezó a vociferar.

— ¡¿Qué haces viendo la tele?! ¡¿Y ese mando?!

— ¿Qué crees que hago? Disfrutar de mi tiempo libre. Y como tienes esa manía de llevar el mando siempre encima, compré otro para cuando tú no estás.

Se acercó a ella, le arrancó el mando de la mano y lo arrojó al suelo.

— Sabes que yo elijo mamá, ¡lo sabes!

— Lo sé hijo, mas cuando no estás en casa, ¿alguien tendrá que decidir no?, además no se cómo te puede afectar tanto hijo, solo es un mando— dijo mientras intentaba calmarle.

— ¡Que solo es un mando!— bramó mientras agarraba a su madre y la ponía contra la pared.

—Es mucho más que eso mamá, ese mando me representa y es lo único que me devuelve a aquellos tiempos donde éramos felices, donde éramos uno. Y tú, ¿vas y dices que solo es un mando?  No me conoces, ¡no sabes una puta mierda de mí!— la tiró al suelo mientras sus ojos se revestían de una humedad nostálgica.

—Creía que tú siempre me ibas a querer mamá, pero veo que no es así. ¡Nunca me has querido!, solo he sido un estorbo en tu vida, un lastre. Creía que no eras como los demás mamá

Mientras su madre yacía en el suelo llorando, implorando un tiempo muerto, Admes se acercó a la cocina y cogió la pistola que su madre guardaba con esmero en uno de los cajones.

—Yo te quería mamá, para mi eras una Diosa; una estatua de marfil intocable y perfecta. Pero veo que eso era solo fachada— gotas comenzaban a caer cual estalactitas en su corazón.

—¡¿Qué vas a hacer hijo?!, ¡Sabes que siempre te he querido y que nunca te haría daño! —suplicaba

— ¡Cállate!,  no quiero seguir escuchando tus sucias mentiras, ¡no eres nadie para mí!

Se escuchó el eco de un suspiro tras el retumbo de un disparo. Ángel caído.

Varios minutos después, otro disparo. Otro suspiro. Otro tren perdido en la estación difusa de quien no sabe que vino a hacer.

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Wow qué escena más intensa. Me ha gustado ese final tan poético, terrible pero igualmente poético.
    Me ha gustado. Un saludo 🙂

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    1. La tragedia embellecida poéticamente, me alegra que te guste Lidia:). Gracias por tu comentario y un abrazo!!

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  2. carlos dice:

    Está visto que algunos sólo aspiran a obrar en modo remoto. Excelente tragedia. Un abrazo.

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    1. Así es jaj, nada de stand by. Me alegra que te haya gustado Carlos:). Un abrazo de vuelta!

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  3. Cierto es, y te lo agradezco de corazón. Intento crecer como escritor y tus comentarios, como el magnesio para los huesos, son muy útiles:). Un saludo Fran!

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  4. franizquiero dice:

    He observado varios errores y, para evitar crearte confusión con la explicación, me he permitido hacer una corrección con la intención de exponerla y puedas comprobar lo que cambia el texto con respecto al original:

    Aquella tarde sus amigos, cansados de él y de sus aires altivos, le dieron de lado, siendo esta decisión perentoria y unánime. A causa de dicha cuita y su consecuente enfado, le expulsaron del aula y le destituyeron del puesto de delegado al tratar de disuadir bélica y violentamente a un profesor sobre la película que se iba a poner en clase.

    Su mundo se despedazaba, ya solo quedaban retazos de un pasado utópico, retales de un presente chocante y rescoldos de un futuro incierto y solemne. Fue una persona despreciable y vil, y el mundo se lo devolvió.

    Salió de clase resignado, invitando a la rabia a unirse a su soliloquio y repitiendo cual mantra: “no tienen ni idea, tu sabes lo que les conviene”.

    Al ser expulsado, llegó a casa antes de lo normal. Su madre estaba tendida en el sofá viendo la televisión, cambiando de canal con ese mando clandestino y tímido. Abrió la puerta con primitiva y descontrolada fuerza y la vio. Junto a la rabia de escudera, empezó a vociferar.

    —¡¿Qué haces viendo la tele?! ¡¿Y ese mando?!
    —¿Qué crees que hago? Disfrutar de mi tiempo libre. Y como tienes esa manía de llevar el mando siempre encima, compré otro para cuando tú no estás.
    Se acercó a ella, le arrancó el mando de la mano y lo arrojó al suelo.
    —Sabes que yo elijo mamá, ¡lo sabes!
    —Lo sé hijo, mas cuando no estás en casa, alguien tendrá que decidir, ¿no?, además no sé cómo te puede afectar tanto hijo, solo es un mando —dijo mientras intentaba calmarle.
    —¡Qué solo es un mando! —bramó mientras agarraba a su madre y la ponía contra la pared.
    —Es mucho más que eso mamá, ese mando me representa y es lo único que me devuelve a aquellos tiempos donde éramos felices, donde éramos uno. Y tú, ¿vas y dices que solo es un mando? No me conoces, ¡no sabes una puta mierda de mí! —La tiró al suelo mientras sus ojos se revestían de una humedad nostálgica.
    —Creía que tú siempre me ibas a querer mamá, pero veo que no es así. ¡Nunca me has querido!, solo he sido un estorbo en tu vida, un lastre. Creía que no eras como las demás, mamá.
    Mientras su madre yacía en el suelo llorando, implorando un tiempo muerto, Admes se acercó a la cocina y cogió la pistola que su madre guardaba con esmero en uno de los cajones.
    —Yo te quería mamá, para mí eras una Diosa; una estatua de marfil intocable y perfecta. Pero veo que era solo fachada —Gotas comenzaban a caer cual estalactitas en su corazón.
    —¡¿Qué vas a hacer, hijo?!, ¡Sabes que siempre te he querido y que nunca te haría daño! —suplicaba
    —¡Cállate!, no quiero seguir escuchando tus sucias mentiras, ¡no eres nadie para mí!
    Se escuchó el eco de un suspiro tras el retumbo de un disparo. Ángel caído.
    Varios minutos después, otro disparo. Otro suspiro. Otro tren perdido en la estación difusa de quien no sabe que vino a hacer.

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    1. Buenas Fran, por lo que veo esta vez solo se trata de los guiones y un par de errores subjetivos. Aún así, gracias como siempre por tu comentario:)

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      1. franizquiero dice:

        Ten siempre presente que el mínimo error es suficiente para menoscabar tanto la obra como al autor.

        Nada que agradecer y mucho por compartir y por leer.

        Saludos

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