Obsesión (II)

Tras año y medio deambulando  entre el amor de sus familiares y un par de tentativas amorosas con perros mojados bajo las gotas de una Luna compungida, su madre consiguió un trabajo, pudiendo así asentarse en un pequeño apartamento a la luz de vetustos polígonos, con paredes raídas, con ventanas rotas vociferando sordamente, tras aquellos resquicios afilados, un réquiem por aquellos sueños convertidos en una mero oasis y por aquellos dueños rendidos en la esquina de su tristeza.  A Admes le parecía el averno reflejado en la tierra; su madre, por el contrario, percibía un aire fresco con sabor a renacimiento.

Comenzaron a amueblarlo y a arreglar todos los desperfectos y, en su decimotercer cumpleaños, su madre compró una televisión y le envolvió el mando en papel de regalo. Admes lo abrió y, bajo su piel evocaron añejos recuerdos de bienestar y alegría; recuerdos con sensación de unidad, de buen augurio, pues él sabía que era lo mejor. Y nunca lo volvería a olvidar.

Aquella adicción latente, resurgió cual ave fénix, con más fulgor que nunca. Su conocimiento y percibimiento sobre la sociedad había aumentado; su posibilidad de potestad sobre ella también.

Lanzó el antiguo mando, reemplazándolo por el nuevo.  Llevándolo encima incluso cuando salía al colegio o a tomar algo.

Tras vestirse de ego, decidió ser el delegado de su clase y ser el líder de su grupo de amigos. Decidió ser coraza y no sentir.

Los años pasaron, y, a diferencia del vino y su mejora con el tiempo, su obsesión se volvió más perniciosa y vil; más amarga.

Prosiguió llevando su amuleto y símbolo de autoridad —el mando a distancia— como acompañante.

Su madre nunca le dio importancia, y es por esto que en vez de preguntar —aunque fuere por mera curiosidad— el porqué de llevar el mando siempre consigo, se compró otro mando que consignaba en su habitación y que usaba cunado Admes no estaba.

El tiempo transcurría y aquella mecha que él mismo encendió, convirtióse en un volcán que derretiría cada pilar de su hogar; de su coraza.  Siendo una tarde de invierno el preludio del conato de su nueva vida.

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7 Comentarios Agrega el tuyo

    1. Así es Junior. DEP 😦

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  1. franizquiero dice:

    Cada uno de nostros se aferra a aquello que consideramos nos aporta seguridad incluso a sabiendas de que la mayoría de las veces somos víctimas del autoengaño.

    Gracias por compartir algo tan interesante como ameno.

    Saludos

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    1. Así es Fran, pero desistimos y fluimos junto a aquello que nunca quisimos y fuimos sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta. Es un placer Fran. Gracias por leerme:)
      Un saludo!

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      1. franizquiero dice:

        Nada que agradecer y mucho por compartir y leer.

        Saludos

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  2. Las corazas, como las mochilas augmentan la carga que llevamos sobre los hombros… a veces sirven; a veces, no.
    Abrazo, compañero!

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    1. Hay que ser que tipo de coraza llevar y cuando. Otro para ti Lidia! Gracias por comentar:)

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