Carlos

Se despertó en su habitación, rodeado de un silencio absoluto. Miró por todo el piso buscando rastro de algún sonido familiar, mas lo único que encontró fue soledad y vacío. No paraba de preguntarse dónde estarían sus padres, era la primera vez — que él recordase—. Surgió así una voz astuta y desconocida, la cual era mejor que nada, que le dio la respuesta a la pregunta que tanta incertidumbre y ambigüedad le estaba causando: «Tus padres se han ido porque has hecho algo mal».

Como un sediento en un desierto, se sometió a la única gota que vino a salvarle.

Su mente comenzó a rebuscar en el pasado, intentando  hallar cual fue exactamente el crimen que le condenó a este silencio involuntario con sabor amargo. Toda imagen que le venía a la mente se presentaba como esa parte culpable y contagiosa que causó dicho vacío.

Finalmente, arrodillado en su habitación, malgastó aquella gota esparciéndola por su cara; avergonzándose de sí mismo, procurando esconderse bajo un lago; ahogándose por el delito—sin importar cuál fuera— cometido.

Sabía que no volverían, pues la voz se lo había dicho, empero él lo comprendía; nadie quiere un hijo que hace las cosas mal. Por esta razón, decidió huir, procurando soslayar el más que posible merecido. Entró a su habitación, se vistió, se puso su reloj y también, a modo de no sentirse atolondrado por los recuerdos futuros y pasados, tomó de la pared una de las máscaras que coleccionaba. Se la puso y huyó bajo el reflejo de la luna.

Los años fueron pasando, y, Carlos, tuvo una vida normal; Una vida con desamores, con trabajos pseudo humanos, con despedidas sin quererlas, con  bienvenidas inmanentes, con sus situaciones extraordinarias; con sus pensamientos.

Como proceso de su nueva vida, se compró un apartamento que rellenó de sonidos y objetos; se compró varios pájaros, y obligó a toda puerta a chirriar. Atrapó el silencio y su delito en su reloj, junto al último segundo de abandono capturado.

Un día normal, sonó el timbre de su nuevo piso; eran sus padres que, tras un largo periplo, habían logrado encontrar a su querido hijo. Carlos, ojiplático, no supo qué hacer ni decir; la máscara y el reloj se desprendieron de él, mostrando culpabilidad y vergüenza, origen de una mala respuesta.

Sus padres le explicaron que aquel día salieron un segundo a buscar a la abuela a la estación de autobuses, y que, al estar soñando, no quisieron despertarle.

Carlos, después de haber sustituido el desierto por un oasis y haber atesorado tanta culpabilidad inconscientemente, volvió a aquella posición ahinojada en dónde partículas suyas comenzaban a suicidarse desde el iris de su ser.

Sus padres se arrodillaron junto a él, y mediante el mantra: «No has hecho nada malo, tranquilo», disiparon aquella voz atormentada que tanto dolor le estaba causando.

Volvió así a su casa, junto a sus padres, más seguro y confiado que nunca; más él que nunca.

Image:”The Eye Face by Andi Abdul Halil, Indonesia (1st Place in The Conceptual and Photo Manipulation Category, First Half)

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. franizquiero dice:

    ¡Excelente relato!, pese a ello, he observado algo que considero le resta calidad:

    “*«tus padres se han ido porque has hecho algo mal»”. Mejor así: «Tus padres se han ido porque has hecho algo mal».

    “… intentando hallar *cual fue exactamente el crimen que le condenó a este silencio…”. Mejor así: “… intentando hallar cuál fue exactamente el crimen que le condenó a este silencio…”.

    “…—sin importar *cual fuera— cometido”. Mehor así: “… —sin importar cuál fuera— cometido”.

    “… mantra: *«no has hecho nada malo, tranquilo», disiparon aquella voz…”. Mejor así: “…mantra: «No has hecho nada malo, tranquilo», disiparon aquella voz…”.

    Saludos

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias por tu comentario y tu corrección!! Siempre es un placer:)
      Saludos.

      Le gusta a 1 persona

      1. franizquiero dice:

        Nada que agradecer y mucho por compartir…
        Saludos

        Le gusta a 1 persona

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