Edgar

Allá por la Edad media existía un hombre lúgubre y suspicaz, conocido por sus fobias y miedos, su nombre era Edgar; era el menor de siete hijos (cuatro niños y tres niñas) descendientes de una familia adinerada y con un alto status, socialmente hablando.
Debido a su posición, la infancia de Edgar fue modesta, sin escasez de nada- más bien excedencia de todo aquello que las demás clases anhelan- y protegido de toda realidad que no se ajustase a la que él quería ver.
Después de una infancia cómoda, las impertinencias y ese libido que le controlaban su adolescencia, causaron un giro a su vida pintándola de un tono más oscuro y penumbroso. Edgar comenzó a los doce a mostrar un interés por la mandrágora, una planta que se fumaba y que causaba alucinaciones. Esto y su propensión a ir a burdeles le costó la confianza y el amor de sus padres, abandonándolo a los diecisiete en otro pueblo inconsciente debido al golpe recibido a razón de anestesiarlo.
Fue entonces cuando conoció la realidad popular, la realidad que inundaba al pueblo; esa realidad distópica en la que la mayoría sobrevivía arduamente.
Se sentía confuso, al principio pensó que podría ser debido a la mandrágora; pero no fue así, a partir de ahora coexistiría con aquellos entes, con su maldad y su violencia de la que tanto había oído hablar. No confiaba nada en ellos, causándole un temor y una desconfianza exagerada hacia ellos; por esta razón, nuestro gran amigo Edgar, decidió enrolarse en un trabajo aislado como es el de molinero (albergándole al mismo tiempo), y sustituyendo la mandrágora por las tabernas y su alcohol.
Siempre iba al mismo bar. Pedía cuatro vasos para no tener que volver a pedir, y se sentaba en una mesa alejada del resto. Nunca les dio la oportunidad de poder rechazar esa premisa que su ignorancia había atribuido a aquellas personas; siempre que una de éstas se le acercaba en ademán bondadoso o malvado, Edgar se asustaba, ensimismándose más aún. Todo esto conllevó a Edgar a recibir el apodo de Edgar el “cagon” en el pueblo. No le provocó daño alguno, es más, pensó que podría ser beneficioso para él, pues así ya nadie se acercaría a él.
Pero no fue así, una vez nombrado cómo el más pusilánime del pueblo, la población mostró más interés en él; comenzando así un aumento de las burlas hacía él y ese rasgo que tanto daño acabo haciéndole.
Decían que portaba un pavor tan extremo, que hasta se asustaba de su propia sombra; inquiriéndole el populacho -día sí y día también- a que se debía ese temor irracional hacia su propia sombra, a lo que el respondía: ¿acaso sabes si es la tuya hasta que la tienes delante?, los granjeros, herreros, alfareros y sus damas no podían aguantar el jolgorio que esta respuesta les causaba.

Un día, Edgar recibió un atisbo de consciencia y picardía, se le había ocurrido una idea que podría provocar el cese de esas burlas, infundiendo y comprobando que su premisa sobre la  penumbra de uno mismo, era cierta. Emprendió esta labor investigadora diseñando e hilando un traje tan oscuro y tenebroso como lo es la sombra. Para ello recolectó y cosió alas de urracas que el mismo cazaba y utilizaba de alimento; entabló un extraño lazo amistoso y de alabanza hacia y con las urracas, encontrándolas fastuosas al mismo tiempo que misteriosas. Fue una tarea compleja que le costó un año. No le importaba el tiempo que tardase en realizar esta labor.
-Lo que importa es la calidad del trabajo sin importar el tiempo invertido- Reflexionaba mientras su ira y odio aumentaban día a día.
Una vez la primera fase se hallaba terminada, escrutó una y cada calle, plazuela, esquina del pueblo, anotando en su cuaderno dónde acechaba más la oscuridad de aquellos lugares. Descubrió nuevos espacios en los que no había estado y le ocupó medio año ahondar en todo el pueblo.
-Lo que importa es la calidad del trabajo sin importar el tiempo invertido- Continuaba reflexionando mientras su ira y odio aumentaban día a día.
Comenzó la parte a la que le gustaba denominar “la parte divertida de la venganza y la enseñanza”; había llegado el momento de que el alfarero, granjero, herrero sus damas y sus hijos probasen de su propia medicina. En su rostro apareció una mueca diabólica en su cara, el mismo notó como ese odio que tanto tiempo tuvo escondido y encerrado se liberó de las rejas del bien, conquistándolo y encarcelándolo en una urraca albina etérea que salió de su vientre para nunca más volver.
La tasa de población del pueblo fue descendiendo poco a poco. Surgieron rumores sobre un asesino en serie que acuchillaba -entre otras cosas- con picos de urracas en las noches dónde la luna atemorizada no poseía el valor de aparecer. No tenía un modus operandi específico, a veces se encontraban a la víctima con sus vísceras como manto encima del cuerpo, yéndose a dormir por última vez; otras veces lo/la hallaban con picaduras de pájaro por todo el cuerpo cuál -válgame la redundacia-, queso suizo;  desmembramiento de las partes sexuales al igual que de las manos, pies, cabeza…   Nadie sabía quién era el autor de tales atrocidades; algunos de los supervivientes a estos ataques relataban el hecho, y cito textualmente, “ como un demonio tan negro y oscuro como la túnica de la muerte, que salía de algo tan puro e inocente como es la sombra de uno mismo”.

Conforme éste ente incógnito, desgraciadamente, se iba popularizando, se decidió establecer por referéndum el toque de queda.

A las nueve, el campanero -haciendo honor a su oficio- tocaba la campana avisando a la población de que fuese regresando a casa. Al principio la gente se lo tomó enserio el toque de queda, pero al cabo de un tiempo puro sin asesinatos, comenzaron a quitarle importancia.

En estos tres meses de vida rutinaria, Edgar continuó recibiendo burlas y desprecios de los demás; su odio -actualmente hacia la humanidad entera- aumentaba a ritmo de su latir.

-Algún día observaran que los asesinatos han cesado y las personas se irán contagiando de esta falsa realidad auto aboliendo el toque de queda- Pensaba todos los días desde la imposición de esta ley.

Es por esto que decidió planear algo más grande que asesinatos ocasionales.

-Una vez que la abolen tendré pocas noches hasta que el pavor comience de nuevo- Meditaba clavando sus atezados ojos en los miembros y cabezas puestos en la pared cómo si fuesen trofeos.

Lo que pasó a continuación-queridos lectores- fue algo totalmente infernal y cruel.

Eran tiempos calurosos en el pueblo y como consecuencia, muchas de las casas se incendiaron por la radiación del sol. O eso hizo pensar Edgar a aquellos autómatas que se hacían llamar personas.

Cómo bien habreís podido deducir, Edgar era el causante de éstos incendios.No fue una tarea muy ardua, ya que con algo de paja, una lupa y la inocencia del sol bastaba.

Aquellas familias sin hogar fueron acogidas por la iglesia; ay cuanto odiaba a la iglesia, nunca mostró esa misericordia y amabilidad que dicen tener con Edgar al que tacharon de infiel desde que no mostró interés por ella.

Por esta misma razón, una vez llegado al punto de inflexión en la fase de incendiar casas -la mitad ya se hallaban carbonizadas- , continuó con la segunda y última fase del maquiavelo plan.

Era una noche de verano, las doce de la noche para ser más precisos, cuando comenzaron a escucharse gritos de angustia, de impotencia, de muerte. Se escuchaban desde la iglesia; el sheriff y algún voluntario tuvieron el valor de salir de sus casas y dirigirse hacia el majestuoso edificio eclesiástico. No se supo nada más de ellos. Al cabo de un tiempo las voces desaparecieron y el pueblo continuó con su descanso e ignorancia.

Al día siguiente -domingo, ¿casualidad?-, volvieron a escucharse gritos de terror al entrar a la Iglesia y ver tanto a el sheriff como a los voluntarios y a todo aquel que se albergaba en la iglesia, tirados en el suelo. El olor que emanaban de ellos no era un olor de vivo, y los picotazos múltiples que todas las personas poseían, además de la fuente inagotable de sangre que se podía observar, contagió de nuevo al pueblo sobre ese temor que les disuadió para establecer el toque de queda.

Nadie sabía quien podría haber realizado tales barbaridades.

Pasaron meses hasta que, gracias a la labor de un joven diligente investigador del pueblo, que se coló en su casa y observó cómo guardaba recuerdos de uno y cada magnicidio que habían asolado el pueblo; arrestaron a Edgar condenándole a pena de muerte por ahorcamiento.

A Edgar ya no le importaba que le hubiesen cazado, estaba feliz, había cumplido su cometido. El pueblo que tanto había despreciado a Edgar parecía que ya no les hacía tanta gracia su forma de ser y sus cuestiones.
Horas antes del ahorcamiento, el guardián de su celda observó cómo una urraca renegrida huía del corazón y mente del psicópata mientras su boca pronunciaba: “¿Ahora temerás a tu propia sombra?”. Su cuerpo se quedó en la celda tirado, pálido, sin alma.
Nunca más se supo de él, salvo conjeturas de épocas más modernas las cuales dicen haberle visto allá dónde las sombras están infravaloradas.

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