Ascensor

Después de un fin de semana dual, con su buen sábado y no tan buen domingo, me levanté el lunes algo más tarde de lo normal.
-Bua las 11:30 mierda, ya no llego a clase- dije mientras mis ojos se entreabrían y notaba como los molestos rayos de luz no me dejaban proseguir con mí actividad.
Me levanté, abrí sigilosamente la puerta para percibir si mi madre aún continuaba en casa.
-No está, menos mal- dije mientras resoplaba de alivio.
Al percatarme de esto, me puse la manta sin remordimientos aparentes y decidí seguir con mi actividad ociosa.
Cómo habréis podido deducir, era una persona algo vaga, con un talento increíble de procrastinar cualquier deber y con un equilibrio que brillaba por su ausencia. Al cabo de un tiempo, escuché como unas llaves comenzaban a darle vueltas al cerrojo.
-Joder, las dos y cuarto, mi madre llegando y no he hecho más que dormir-Dijo mi cerebro mientras mandaba señales al resto del cuerpo para que hiciesen algo al respecto.
-¿Hija?, ¿Estás ahí? –Preguntaba mi madre mientras yo me cambiaba para aparentar que acababa de llegar.
-Sí mamá, he llegado hace diez minutos o así, ¿Qué tal?- Respondí mientras me quitaba las legañas y me disponía a salir de mi habitación.
-Anda ven a ayudarme con esto- espetó con dos bolsas de la compra en cada mano.
Después de ayudarle y de una conversación trivial con ella, volví a mi cuarto a aislarme en mi mundo mientras ella preparaba la comida.; la verdad es que es una gran cocinera, le encanta cocinar y experimentar usándome como cobaya de tales platos, pero no me puedo quejar.
-Hija, ¿De verdad que no quieres ayudarme a preparar la comida?- Me preguntó mientras comenzaba a sacar los ingredientes de la nevera.
-No, tranquila mamá, estoy bien gracias- Respondí.
Sabía ya desde hace un tiempo que mi querida madre quería inculcarme ese talento que ella tenía en la cocina, y también sabía que desde que mi padre pasó a la otra vida, a ella no le vendría bien algo de compañía, aunque sólo fuesen los quince minutos en los que se tarda en hacer la comida, pero yo prefería aislarme de mi entorno, ya fuese jugando a algo virtual o viendo alguna película; al fin y al cabo, ¿no dicen ahora que no hay que sentirse mal por querer y tener un poco de tiempo libre para uno mismo?, cada vez que me preguntaba si quería ayudarle en la cocina me aferraba a la disonancia cognitiva gracias a esta cuestión que para mí era racional.

Una vez comencé a alejarme de nuestro mundo, mi cerebro me sorprendió con un atisbo de reminiscencia útil, recordó que debía de mirar el horario de clase ya que no me lo sabía de memoria y no me acordaba la hora a la que tenía hoy a la tarde, si es que tenía. Una vez observé mi horario, comenzó a surgir en mí una sensación de estrés post-ocioso, tenía clase a las tres y media y, teniendo en cuenta que ya son las dos y media y que todavía no había comido, diría que no andaba muy holgada de tiempo.
Después de decirle a mi madre este gran descubrimiento, y de su consecuente riña (y con razón), como buena y bondadosa (y algo rencorosa) madre que era, escudriñó la nevera entera, y encontró restos de lentejas y un par de lomos que mi madre como buen cocinera, los tendría comestibles en menos que canta un gallo, eso sí, esa cara de enfado no se le iba a borrar tan fácilmente, no es que fuese la primera ni la segunda vez que le metía en este embrollo.
Le pedí perdón aunque sabía que no iba a valer para nada; tenía prisa, decidí procrastinar mi apología y comenzar a comer, el tiempo se me estaba subiendo por las paredes y debía actuar.
Tres y veintiocho y allí estaba yo, en el aula esperando a la llegada del profesor; eran de las pocas veces que llegaba antes del profesor y, sinceramente, me sentía bastante orgullosa, sabía que no había sido gracias a mí, pero aun así me sentía orgullosa y feliz.
Siete y media, las clases cesaron y yo ya podía descansar. Hoy mi madre se iba a quedar en casa y sabía que no iba a estar muy contenta; por ésta razón decidí ponerme rumbo hacia la lonja, por lo que me dirigí a la lonja en dónde si podría fumármelo.

Y ahí se encontraba la lonja, alojándonos a mí y demás “lonjeros” de aquel nuestro chabisque, un chabisque alegre en ambiente pero lúgubre en decoración y manutención; habíamos realizado algún dibujo que otro entre algunos de la lonja (yo entre otros) dándole un toque algo más “happy”, además de sus típicos pósters de Bob Marley y demás camisetas de diversos equipos de fútbol.
Después de un buen rato en la lonja hablando de varios temas y de ninguno en común; una vez que el efecto del cannabis estaba mermando, recibí una llamada de un número que personalmente no me sonaba de nada.
-¿Si? ¿Quién es? – Pregunté con cara de sorpresa e intriga.
-Buenas noches, le llamo desde el cuartel de policía, ¿es usted doña Elena, hija de María?-Preguntaron seriamente y con la voz algo cortada, puede que de nervios.
En ese preciso momento se me cayó el móvil al suelo y todo se congeló.
-¿Elena? ¿Estás bien? ¿Quién era?-Me preguntaban aquellos amigos que se encontraban en la lonja.
Mi cara se tornó a un color facial algo más pálido y la poca cantidad de THC que surcaban mis neuronas se disipó en un abrir y cerrar de ojos.
Mi madre había sido hallada muerta en mi casa tras un robo con homicidio debido a la resistencia que el ladrón encontró al toparse con mi madre que se encontraba viendo la televisión en ese instante. Salí corriendo de la lonja sin resolver ninguna de las dudas de mis compañeros, dirigiéndome a mi casa. No me lo creía, bueno, no quería creérmelo, tenía que verlo con mis propios ojos; así que cogí el coche y, a una velocidad no bien vista por la autoridad, conduje hasta mi casa.
Lunes, once y media de la noche, nada más llegar al barrio tuve la desgracia de ver un entorno, el cual conforme más me acercaba, más me asustaba, aun así, algo dentro de mí quería proseguir en el proceso de acercamiento al lugar para así poder decir: “esta no es mi madre”; ya sé que suena algo egoísta, pero siempre se dice que no está mal serlo de vez en cuando, ¿no?
Llegué hasta el portal, a partir de la puerta y unos veinte metros a su alrededor estaba todo precintado, y ya que yo no era policía o algún otro séquito de la autoridad, no podía entrar; de todos modos, decidí hacer uso de uno de mis derechos, la libre expresión.
-Tengo que entrar señor agente- Bramé.
-Lo siento señora pero estamos realizando una investigación y me es imposible permitirle entrar- Respondió educadamente.
-¡Déjame entrar! ¿¡Es mi madre la muerta vale!? ¡Cabrones!- Grité con las pocas fuerzas que me quedaban mientras comenzaban a saltarme las lágrimas.
El policía marchó, algo atónito y sin palabras, dejándome allí con el odio y la impotencia en mis labios.
Fue entonces cuando encontré un resquicio por donde poder entrar al portal, había un punto que no estaba vigilado, justo la esquina de la izquierda que daba a unas verjas de un antiguo parque.
Conseguí llegar corriendo al ascensor, teniendo la suerte de que estaba en el piso bajo, ya que aquellos perros que se percataron de que no era uno de los suyos y andaban persiguiéndome, mas no consiguieron pararme.

Fue entonces cuando el ascensor se paró, gozándole de su minuto de gracia que tanto anhelaba y necesitaba; había sido un día muy duro y lúgubre, y no venía pero que nada mal un momento de intento de mente en blanco, un momento desaparecida en este mundo sin ganas de ser encontrada, sin ganas de nada; llámalo casualidad o como quieras, pero ese momento se le había otorgado a ella y no a otra persona de este mundo, y lo agradeció. Podría haber hecho lo que quisiese con ese tiempo, pero no pudo más que llorar.

Gritando en el ascensor susurraba al mundo, pidiéndole a quien fuese el\la que se la había llevado, que la trajese de nuevo, la necesitaba, ya había perdido a demasiada gente querida y no era para nada justo.
-¡¿No habéis tenido suficiente llevándoos a mí padre y a dos tíos?!- Gritaba con la poca fuerza que me quedaba, pues la había perdido casi toda llorando y rogando a quien me quisiese estar escuchando.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Un relato conmovedor, muy parecido final a ese grito que trata de arrancar las penas convirtiéndose en un eco agudo que se vuelve a introducir en los huesos, muchas gracias por compartir tu enlace me encantó leer la fluidez en palabras de tu relato.
    Espero que tengas un maravilloso fin de semana, 🙂 besos.

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    1. Me alegro que te haya gustado.
      Lo mismo digo, a disfrutar del fin de semana.

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